viernes, 11 de diciembre de 2015

Puerto Princesa

Hemos aterrizado en Palawan,  parece el nombre de los pequeños Jedi,  pero no. Es una isla alargada al oeste del archipiélago, la más occidental que casi llega a Borneo. Es un grupo de islas con distintos nombres, difícil de agrupar y entender aquí en Filipinas. La agrupación es para simplificar me imagino, con 7.107 islas es difícil.


Llegamos a la capital, a Puerto Princesa, que no tiene nada, pero estamos tan bien y la gente es tan agradable que me quedo tres días.  Que energía positiva después de volver a salir huyendo de Manila. Llegamos de madrugada desde Banaue y nos subimos a un triciclo -mala idea- que nos llevó al hotel. El ambiente a las 5 am en Manila es espeluznante. Recogimos nuestras bolsas grandes del Wanderers, desayuno,  internet, tiempo y al aeropuerto. Tenemos que parar cuatro taxis antes de que nos pare uno no estafador. No llega a tres euros.

Ya en Puerto Princesa es más un pueblo que una ciudad, unos 250.000 habitantes pero también caótico y con mucho tráfico. Pero aquí se lleva bien, muy bien. Mucho filipino sonriente y mucho ambiente local. Es casi una carretera principal que lleva al puerto y poco más.  Los aviones pasan raspando los edificios.  El aeropuerto es de los de salir andando por la pista.

El transporte local está monopolizado por los triciclos, aquí muy tuneados,  caben hasta 7 en cada uno. Me recuerdan pequeñas naves espaciales,  están en todos los sitios, muy baratos, conductores alegres y no pesados.  También los famosos jeepneys,  por supuesto.


Cerca del mar han preparado una especie de paseo marítimo de tierra donde van todos los locales a pasear, con los niños, a cenar. Un gusto ver a la gente disfrutar. Nosotros también. La ciudad está toda rodeada de mar. Aquí los niños juegan con unos triciclos muy parecidos a los que hacen de tuk tuk, una preparación para el futuro. La cerveza nos sabe estupenda.  La comida local mejora bastante aunque muy grasa. Comemos mucho una cosa que llaman sig sig de cerdo, muy muy graso pero sabroso, creo que es careta de cerdo. La cerveza es de San Miguel pero más fuerte, Red Horse, 7 grados. Llegamos a casa contentos.


La pensión donde nos quedamos, aquí a los hostales y pequeños hoteles les llaman así, está muy bien. Había ganas de un poco de comodidad después de los autobuses y las montañas. Y de calor. Aquí hace calor otra vez. Al sol mucho, a la sombra se aguanta. 

Las pastelerías también están muy bien así que vamos recuperando el apetito, nos hinchamos a bollos para desayunar y merendar. Como el idioma tiene palabras en español algunas coinciden. Por ejemplo ellos también tienen merienda,  pero es casi a todas horas, como si fuera cualquier cosa para picar fuera de las comidas. También ensaimada. Claro, pido bollos que reconozco. Muchas otras palabras me imagino que las conservan porque se utilizaron para cosas que no existían antes de la llegada de los españoles: zapatos, basura, moralidad, los números,  etc. 


Ahora todo el mundo estudia inglés,  y hay un gran nivel hablado en la calle.  Todo en la tele es en inglés, hasta los anuncios. Hasta los años 70 el español estaba en el sistema educativo pero lo cambiaron por el inglés. 

Damos unos cuantos paseos, hay poco que ver. Se conserva la zona donde ejecutaron a los prisioneros de guerra americanos, cuando las cosas se les ponían feas a los japoneses. Los metieron en salas, la echaron gasolina y les prendieron fuego. No se cómo, pero 11 huyeron.

Aquí se ven ya bastantes iglesias. Tienen hasta su catedral que no es fea aunque sea nueva. Todo está destruido desde la II Guerra Mundial. Las Filipinas era territorio americano invadido por los japoneses,  estuvieron aquí tres años,  y entre unos y otros no quedo piedra sobre piedra. De entre las iglesias, lo que más me sorprende es la congregación de Ni Cristo... me parece broma hasta que aprendo que 'ni' en filipino es 'de'. Explicación sencilla.



martes, 8 de diciembre de 2015

Banaue

El dia del trekking de Batad a Bagaan llegamos a Banaue  de nuevo, este pueblo es la entrada y la salida de la zona de Ifugao. Pasamos la tarde en Banaue, es un pueblo catástrofe en un paraje impresionante. Las casas se suben por las montañas como las terrazas, las terrazas también. Sale el sol, otro clima, otro lugar, el verde brilla en todas las montañas. 


Encontramos un lugar para quedarnos, Uyumi Guesthouse, y salimos a comer algo. Todo más barato, todo más rico, nos dedicamos a los dulces. En la plaza del pueblo los coches siguen llegando como en Belle Epoque,  con sus ruedas de respuesto,  gentes y cajas por todos los sitios y mil colores.


Nos acercamos al museo, nos lo recomendó Eduardo por las fotos. Merece la pena, son de 1910, verdaderas tribu casi africanas, con sus pigmeos incluidos - aquí se les llama negritos y son una raza- Aquí aprendo que las casas de aquí son casas y no hórreos.  También la tradición de sentar a los muertos en una silla especial hasta 15 días antes de enterrarlos. A los que mueren asesinados no, a esos los apoyan contra un poste de la casa, para que el espíritu se amargue y se vuelva vengativo.

El último día lo tomamos de relax que vuelve a tocar volver en bus por la noche, así que desayunamos y comemos y merendamos, y probamos más dulces y tomamos más San Miguel. Lo único que hacemos es subir a ver las terrazas de Banaue desde los miradores, aprovechando un hueco entre el invierno y el verano que hay aquí, para evitar riesgos y por vaguería subimos en triciclo, unos 15 quince minutos y unas cuantas paradas.


La vistas son buenas desde cualquier sitio que te asomas, las terrazas llegan desde lo alto de las montañas al valle que hace el río que pasa por Banaue. Aquí las terrazas son de barro no de piedra, así que el barro es colonizado también por el verde y toda la montaña parece tallada y mimetizada.


Desde arriba del todo hay una vista completa hasta Banaue, aquí me dan ganas de andar, me pasa como en el Camino por las mañanas al ver las pequeñas rutas por la montaña, para meterme en el paisaje en vez de disfrutarlo en la distancia.

Aquí se ven unas ancianas que se visten con ropas locales para ser fotografiadas y llevarse una propina. Nunca pago por una foto, y no me gusta hacer fotos de gente no espontánea, pero aquí es por una buena causa. Obviamente no hay seguridad social,  sólo los hijos, y estas señoras parecen tener casi 100 años,  con las propias terrazas esculpidas en la cara.


La gente mayor que ha vivido en el campo en esta zona camino totalmente encorvada, con la espalda como una ele totalmente inclinados mirando al suelo. Me imagino que el resultado de décadas de trabajo agachado en el arrozal, ahora removiendo la tierra y dejando un camino tortuoso en la piscina de arroz, fácil de adivinar en la huella que dejan detrás. Ya lo vi en China,  en la columna del dragón,  no es una situación excepcional, casi todo los mayores en los pueblos caminan así.


En el pueblo la vida sigue en la plaza principal, con sus transportes, sus gallinas y sus bultos. Nosotros nos preparamos para la paliza nocturna, más bollos y más San Miguel. Y fluimicil para el trancazo.

En sólo dos páginas se recupera todo el amor por la literatura,  entiendes porque unos libros te gustan y otros no, porque un escritor te llama una y otra vez. Unas líneas de Benedetti son suficientes, aunque siempre sea triste. La Vecina orilla, una historia de 45 páginas perfectas. Alguno me dirá que un poco de rojos.

lunes, 7 de diciembre de 2015

Bangaan

Ha sido un trekking perfecto en un día estupendo en el que todo ha salido redondo, cada vez más cómodo en la zona, y disfrutando de la naturaleza. Cuando volvía en el autobús pensaba que estos 5 días son un viaje en si mismo a un  mundo diferente, otro viaje dentro de mi viaje.

Nos hemos levantado con sol y después de desayunar hemos emprendido el camino, había que evitar la lluvia. Hemos salido por la entrada del pueblo y enseguida hemos bajado un fuerte desnivel, en 20 minutos ya estábamos andando por terrazas, con Gaspar,  un perro hambriento mas que nos guía y acompaña todo el día.


Vamos solos, sin guía, y al cruzar las primeras terrazas se acaban las indicaciones y simplemente seguimos el consejo de bordear la montaña. Y vamos si las bordeamos. Lo hacemos durante más de tres horas, pero hoy el perfil de la etapa es mucho más plano y se agradece.

Como vamos muy altos en cuanto damos la vuelta a la montaña disfrutamos de un paisaje nuevo,  un valle nuevo. Las grandes montañas se pierden hacia el este y el camino se adivina como el de Santiago pegado a la montaña. Aquí nos encontramos con el único otro viajero,  este viene guiado y enseguida nos adelanta. 


En esta zona las terrazas están plantadas de arroz y brillan con un  verde fluorescente en la distancia, como pintadas,  con sus pequeñas casas e iglesias en el centro. Desde lejos no se ve como llegar a estos pueblos.

En la otra vertiente de la siguiente montaña llegamos a otro valle, menos espectacular que el anterior pero también con las terrazas verdes de arroz. Por el camino  hemos pasado algún pequeño pueblo en el que además de arroz empiezan a cultivar judías y pimientos en las terrazas,  al menos mejorarán la dieta.



A lo lejos se adivina la carretera principal, cuando llegamos vemos que vamos por buen camino, es una carretera que se está abriendo a través de las montañas,  estas se niegan y lo llenan todo de piedras. Las paredes las intentan sostener con  nuevas terrazas, igual de manual y tradicional que hace dos mil años.  Parece un trabajo interminable.


Después de andar diez minutos por la carretera llegamos a Bangaan. Es un pueblo en lo alto de una curva,  pero su valor está de nuevo en sus terrazas y sus casitas allí metidas. Otro nuevo valle, mas nuevas terrazas, otra postal. Parece también de mentira. Fotogénico. Aquí nos pasa un ciclista que es de Huesca y trabaja en Manila, ya son ganas!!

Paramos a comer en el Family Inn. No son ni las doce, pero aquí esperaremos un transporte con unas San Miguel . Antes de irnos llegan otros dos chicos de Madrid con su guía,  hacen el mismo recorrido pero vuelven a Batad. En unos minutos el tiempo se va al invierno y no se ven ni las montañas delante. Justo viene el bus y dejamos aquí a Gastar después de darle los restos

Finalmente nos vamos en un bus muy local, pero por suerte no nos toca ir en el techo. Llueve, la carretera esta llena de piedras que caen de la pared, y vamos viendo el desfiladero todo el camino por las ventanas de madera. Se pasa susto. Al llegar nos cobran local, medio euro, y nos seguimos dando cuenta que sólo los que realmente están demasiado cerca del turismo son mala gente. 


domingo, 6 de diciembre de 2015

Cambulo

Nos ponemos a andar. Había un opción de hacer un trekking circular de dos días pero entre la lluvia y la posibilidad de no encontrar alojamiento entre medias o tener que hacer una segunda etapa muy larga lo dejemos aparcado. 

Como estamos en lo alto del pueblo nos ponemos a andar en paralelo, para intentar evitar las subidas y bajadas.  El camino no es fácil.  Aquí ningún camino es fácil. Pero evitamos los guías, nos fiamos de mi orientación y vamos  a nuestro ritmo. Vamos entre la montaña, totalmente verde y tupida. En cuanto salimos a las terrazas la vista es un verdadero espectáculo.  La geometría de los estanques y de las minúsculas casas entre medio es perfecta.  La montañas del fondo una broma.


Caminar por el hilo de piedra que separa los distintos estanques ya no es tan broma. No es que sea peligroso pero no es nada cómodo, y hay que tener mucho cuidado porque es muy resbaladizo.  De vez en cuando es piedra, a veces barro, a veces casi nada. Pero se ve porque terraza hay que andar.


Vamos llegando a distintos miradores hasta que llegamos al más alto de Batad.  Otro sitio que hipnotiza, te puedes quedar ahí toda la mañana.  Como que te llaman la terrazas y los reflejos de sus piscinas,  pero aquí vemos el letrero a Campulo y decidimos ir para allá.  Era la parada del trekking circular y le tengo ganas.

Empieza a llover, sin parar. Son algo más de tres kilómetros de rompe piernas, sube y baja de barro y piedra muy resbaladizo. El paisaje ni lo veo. Me caigo varía veces, en mi media, nada grave, arañazos y vergüenza de vez en cuando.   Como vamos sin guía de vez en cuando dudamos, pero lo encontramos sin problemas. Se ve poca gente pero siempre lo locales nos ayudan. 


Cuando llegamos a Campulo para de llover. Este sobre otras terrazas de arroz en la curva del río. Un río que abre una tremenda grieta entre las montañas.  La parte final es larga y dura. El pueblo más bonito de lejos que de cerca. La construcciones son muy pobres, de chapa. Sólo las casas como hórreos,  como los leoneses y asturianos, cuadrados, siguen siendo de madera y conservan toda la tradición  a su alrededor, utensilios, animales, algo de vida social.

Casas tradicionales que durante días confundí con hórreos de verdad hasta que fuí al museo de Banaue, son muy pequeñas, cuadradas, de madera con techo de palma. Sólo una habitación para dormir. Encima un desván para guardar el arroz en su función hórreo con sus guardianes se madera. La escalera de mano se guarda dentro de la casa. Fuera los animales, la cocina debajo para taparla de la lluvia, y los pequeños útiles y cestas.


En la parte de atrás se ve pasar el río,  crecido de montaña,  con un puente colgante que se mantiene en precario equilibrio y que une a otros pueblos mucho más arriba. Por aquí se seguiría a Pula, sólo tres kilómetros mas,  el plan inicial, pero nos damos la vuelta, ya vamos bastante mojados.  Antes comemos algo básico aquí antes de salir. El pueblo no tiene estructura, ni calles, pasas de casa a casa.

La vuelta es mucho mejor,  para de llover y escampa, nos secamos y disfrutamos del paisaje de montaña,  selva y arrozal. La vida de todos los que nos cruzamos me parece realmente dura, todo lo transportan a hombros por unos caminos en los que apenas caben los pies. Mastican todos nuez de betel,  muy roja, como sus dientes, escupiéndola por todas partes. 


En la vuelta al mirador conocemos a dos chilenos, muy risueños,  Carlos y Carlos. Nos quedamos un buen  rato allá arriba. La vista todavía más espectacular,  con más luz. Un paisaje inolvidable.  Un paisaje atrayente. Cada vez que te paras en un terraza, en un camino, te vuelves a asomar al balcón,  te quedas pensando si es real. Demasiado perfecto. 

Ya le hemos cogido el truco al pueblo y a la zona, con nuestra cervezas,  nuestras  pobres comidas,  nuestras duchas calientes, y todo con grandes vistas, lo mejor. Ya empezamos a disfrutar Filipinas


sábado, 5 de diciembre de 2015

Batad

Vengo al Norte de Luzon, el motivo de venir tan lejos son las Terrazas de arroz de Ifugao, Patrimonio de la humanidad,  y en este caso muy merecido.  Son más estanques que terrazas, no llegamos en época de arroz verde pero el agua refleja el mundo de manera geométrica.  Las de esta zona están hechos de roca, piedra a piedra, con canales de regadío comunicados. Introducidas por los chinos hace miles de años convierte la montaña en obras megalíticas,  mantenido y creadas durante siglos.


Hay que pasar la noche en autobús para llegar al norte del país.  Llegamos de casualidad a la estación porque el atasco es monumental, más de una hora para menos de 5 km. El autobús no parece tan terrible hasta que los locales empiezan a sacar unos asientos como de broma acoplados a los laterales, vamos cinco por fila. Y hace un frío que pela. Tras diez horitas llegamos poco frescos.

A las 7 de la mañana en Banaue y casi sin dormir me enredo en los típicos timos de zona turística. Te esperan nada más bajar del autobús y te lían,  con el precio de los transportes, de los guías, de todo.  Llevo tres días en Filipinas y veo poco de la sonrisa filipina y sólo un acoso continuo al viajero. Después de tomarme un chocolate caliente - hace bastante frío, estamos en la Cordillera- se me aclaran las ideas y nos vamos por nuestra cuenta a Batad que será el centro de operaciones.


También en la oficina de turismo me mienten, es una red organizada para expoliar al viajero. Bajamos a la plaza del pueblo que está en plena efervescencia de mercado local  y esperamos al jeepney público que sale a las nueve, los triciclos ya nos piden 4 veces menos. Al final son 150 pesos por cabeza,  sabemos que para los locales es solo 50, pero está bien. Luego me entero que uno de los turistas que va en el techo ha pagado más de 600, por eso hemos salido tan pronto. Inflación turística. 

Batad estaba aislado, sólo se podía llegar a pie, pero este año han asfaltado la última parte así que sólo hay que andar 15 minutos para entrar en el pueblo. El final del aislamiento ¿para bien? No lo sé.  La vida aquí hay tenido que ser muy dura, y estas terrazas a lo mejor sin la entrada  de dólares se abandonarían, pero le va costa mantener el carácter que tiene hoy en día. Aquí ya me siento mucho mejor y día a día va a mejorar.


La entrada por lo alto del pueblo es realmente espectacular, se conoce como el anfiteatro de Batad,  y realmente lo es. Una montaña gigantesca convertido en un escalera gigante. Al fondo una cadena montañosa perfecta,  angular, verde. En el fondo casas como horreos metidas en el agua de las terrazas. 


El primer día no hacemos nada, estamos muertos, tenemos tiempo y el meteorológico no acompaña así que simplemente lo dejamos pasar, todavía un poco caliente por las ofertas timos iniciales. El guesthouse es un poco cueva,  como todas aquí,  muy locales muy básicas. Nos mudamos a casa Rita, que al menos puedes comprar ducha de agua caliente. Por todo te cobran aquí,  por las toallas,  por cargar el móvil,  por un palo para el monte y hasta dos euros por un litro de agua!

Y salió el sol,  aunque dormí fatal por el medio trancazo que tengo del autobús, nos levantamos con fuerzas para  otro paseo. Hay una cascada famosa en el pueblo y nos llevará a otro paisaje distinto, al río,  además de darnos la oportunidad de andar por las terrazas del valle, mis terrazas.

Desayunamos con las vistas del anfiteatro y salimos a andar. Intentando economizar subidas y bajadas. Hoy vamos a media altura del anfiteatro pero con la luz del sol, sigue sorprendiendo.


Llegamos al paso elevado por donde empieza el camino a la cascada, es una bajada terrible, desde la montaña al río,  sin transición. Las piernas duelen y tiemblan, pero merece la pena, se ve perfectamente la curva del río modelando las montañas.

Cuando parece que no vas a llegar nunca aparece la cascada, es bastante alta, más de 20 metros, cayendo del curso del río,  saliendo de la selva, todo alrededor muy verde. Está bien que merezca la pena por la cantidad de paseos que das para ir  a ver cascadas ridículas, aquí el conjunto compensa. Le sobran los tenderetes que han montado los locales dentro del río,  que terminarán tapando la vistas. Aquí conocemos  a Eduardo, un tipo de 60 años que tiene un gran trabajo,  ir preparando y revisando circuitos turísticos.


La vuelta es dura y larga. La llegar  a la meseta bajamos al llano, para cruzar las terrazas centrales y visita el pueblo e vemos desde el primer día.  Es el más bonito. El más genuino. Con todo el suelo de piedra,  sus hórreos,  sus mujeres asentando arroz, dos iglesias, y sus patos, gallinas y cerdos. Aquí comemos, tan mal como siempre pero muy tranquilos y con San Miguel.


Otra vez la subida final, que se hace durísima, y nos enseña una nueva perspectiva. Pero todo sube a golpe de escalón,  muchos entre la propia terrazas como lajas que sobresalen. Un paseo irregular. Llegamos a casa Rita pensando en la ducha caliente. Romeo, el dueño, es un tipo curioso, parece un poco troglodita y sin embargo es casi un bohemio. El montó aquí la primera pensión hace 40 años.  Hasta sale en la Lonely Planet.  Y es verdad, siempre ríe.

Me he leído un libro de Carvalho,  de Vázquez Montalban,  La Rosa de Alejandría. Lo tenía en la lista de autores pendientes a probar en el sabático.  Me ha entretenido como historia policíaca, con su ambiente de los años 80 y su amor por la cocina, incluso con sus descripciones de lugares de España que llevo en mi cabeza, como Albacete y El Río Mundo. Pero no me gusta como escribe, entre simple y complejo,  no me gusta ni en una versión ni otra. Pero bueno, sirve de entretenimiento, es novela policíaca.

viernes, 4 de diciembre de 2015

Manila (1)

Manila me recibe de mañana.  Un vuelo terrible que no me dejara dormir, se sale a la 1.00 am de KL y llega a las 5 am. Llegamos con luz, se agradece. Lo primero que me sorprende es el transporte.  Los jeepneys,  esos coches camiones alargados de transporte,  pintados de mil colores, parecen recién salidos del caribe, de La Habana.



Ahí se acaba lo bonito. Manila es sobre todo miseria. He visto más miseria en un día que en seis meses por Asia. La gente vive tirada por las calles, hay mendigos por todas partes y muy insistentes, las calles llenas de prostitutas, y sobre todo los niños, una pena, pidiendo como en juegos, siempre mendigando. 


Nos quedamos en una guesthouse cerca del centro, Wanderers,  muy de viajeros y con  muy buena terraza. Aquí pasamos el tiempo huyendo de la ciudad, conociendo gente y preparando próximas etapas. Nos encontramos a Enrique,  el rojo mayor que nos encontramos en Penang hace cinco meses. Sigue contando historias, le siguen pasando cosas y sigue andando por ahí sin camiseta.

Tenemos que hacer un tramite en la embajada española,  tenemos que renovar el pasaporte. Chocamos con la administración hasta fuera del país.  Hay que volver al día siguiente porque el canciller tiene que ver físicamente el pasaporte!!!! ... y está visitando  a un enfermo!!! .... somos los únicos en la cola. Cierran para el puente de la Constitución, también las fiestas locales,  y una hora antes de cerrar, a la una ya no dejan subir a nadie, no sea que se atasquen.  Nada nuevo en el imperio.


Sufrimos las primeras experiencias viajeras. Terribles. El metro es por superficie y la cola para subir tremenda. Entrar en los jeepneys es una risa. A donde vamos a parar es cuestión de suerte. Es muy barato y la gente ayuda. Se entra por detrás, mandas tu dinero hacia el conductor y te devuelve unas monedas que pasan de mano en mano. También hay triciclos a motor y sin motor. El caos. Pero colorido. 

Intentamos dar un paseo por la ciudad, por la parte nueva. No merece la pena. Es desagradable.  Mucho edificio nuevo sin casi espacio para andar y ruido y coches por todos los sitios. Makati se llama la zona. Prescindible.


El otro descubrimiento positivo es la cerveza, la famosa San Miguel, que tiene monopolio en Filipinas. Es la original, de donde se separó la marca española.  Está muy rica, se encuentra muy fácil - aquí son católicos y muy católicos,  nuestra herencia- y además es muy barata. Sorprende que en algunos sitios está al precio del agua!!!

Nos vamos al norte, veremos la parte histórica,  la poca que dejo la Guerra a la vuelta. Hay que volver a recoger el pasaporte!!

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Kuala Lumpur (2)

Una paradita en Kuala Lumpur,  unos días para preparar los siguientes pasos de manera tranquila, una ciudad que me gusta en un país que no pide visado. 4 dias en el Rain Forest hotel que se me pasan volando.


Por un lado me ha dado tiempo a organizar lo próximos pasos y por otro un  poquito de vida de ciudad que para un urbanita se echa de menos, aunque se disfrute de volcanes y playas y demás. Y encima una sorpresa, nos hemos encontrado con Sole y Borja, nuestros compañeros de trekking en Toraja.

Aquí están celebrando la Navidad, una cosa que me sorprende.  Un país musulmán en el trópico celebrando algo que ni entienden, con villancicos a todas horas y decoración de árboles de Navidad y paisajes nevados. Todo sea por vender más bolsos y teléfonos, sobre todo teléfonos.


Hemos descubierto algún sitio nuevo, sobre todo el Helipuerto Bar, es una terraza montada en el piso 34 en una plataforma de un Helipuerto. Asusta, porque no hay valla ninguna, sólo una cinta de fiesta. Las vistas en 360 grados son espectaculares y el tiempo acompaña. Los camareros muy cansinos para que consumas que las vistas no se pueden facturar. Y por supuesto, y una vez más,  las Petronas. Especialmente de noche. Hipnotiza.


Se agradece la variedad gastronómica,  un poquito de indio y de chino para variar, para mejorar,  para hacer reservas para Filipinas que dice que se come fatal! ! Además hemos ido al cine, al cine de verdad, en las Petronas, a ver la de James Bond, como siempre pero bien hecha, y un frío que pela que me deja tieso en la sala. 

La ciudad ya la conozco muy bien, me gustó la primera vez, y está segunda aun más aunque he hecho poco. Fácil de moverse y con  muy buen transporte al aeropuerto, el tren directo desde KL Central, es un sitio estupendo para parar antes de seguir. Volveré antes de seguir al sur.